
Lulla no supo calcular exactamente cuánto tiempo estuvo descendiendo por aquél túnel del demonio, tan sinuoso y resbaladizo como las bajadas del Monte Levadura en invierno.
El caso es que cuando por fin salió al exterior y plantó de golpe su trasero en el firme (seguido del de Uñas, al cual no había soltado en todo el recorrido), cayó en la cuenta de que el sol estaba ya bastante bajo.
A unos quince pasos de la boca del túnel, a pie del camino, vislumbró un poste de señalización. Se frotó los ojos para poder enfocar la vista mejor y como quisiera que lo que leyera no le convenció lo suficiente, decidió acercarse para confirmar entonces lo que en aquél trozo de madera, que se caía a pedazos, alguien había escrito a brochazo limpio, sin la menor de las delicadezas: 'VienBenido al 'Paízh del tODO~puEde'.
Rápidamente Lulla rebuscó en su zurrón y tomó la brújula para comprobar su situación, pero el mensaje que pudo ver inscrito en la pantalla no le gustó en absoluto, decía así: 'está usted mucho más lejos de donde debería estar ahora mismo, ya no le quedan 4 días de viaje, sino alrededor de unos 40 calculando por lo bajo. Espabile si no quiere llegar a su destino por las Fiestas Mayores de la Comarca'.
Y cuando la niña se disponía a comerse todos los crackers de golpe, en un intento automático de neutralizar el estado de shock en el que inmediatamente se vió inmersa, un golpe potente y seco la hizo girar sobre sí misma. Allí ante sus más que sorprendidos ojos (y los de su felino acompañante), Armando hacía acto de presencia una vez finalizado su recorrido por tan detestable conducto.
El tejón, que se esforzaba en vano por expresar no se sabe qué mensaje a voz en grito, no fue consciente hasta pasados sus buenos cinco minutos de que YA-NO-HABLABA, y entonces cuando el peludo afónico se hubo calmado un poco, Uñas, que parecía haber estado meditando todo ese tiempo sobre tan lamentable situación, elevó mirada, garras y hombros todo a una, y con gesto de marcada desesperación se dirigió a los allí presente con voz grave:
-'Y ahora...¿qué??', preguntó.
Fue lo último que recordó Lulla antes de caer desmayada allí mismo, pues de su breve y personalísima lista de lo inimaginable, el poder oír hablar a su gato algún día siempre ocupó uno de los primeros puestos, curiosamente.
© Mary Lovecraft 2009
